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Un Camino Hacia Adentro

Por alguna extraña razón la vida me había recluido hacia varios años. Pero ya cansada de la soledad, quise entrar en el arduo camino del entendimiento, del porqué. ¿Qué había detrás que no me dejaba disfrutar y compartir como antes?

Me dispuse a leer, entonces, sobre espiritualidad. Sobre el viaje hacia el interior y los despertares. Pero mi mente racional no lo comprendía. Parecía todo demasiado etéreo. Reiteradas veces intenté meditar, pero, devuelta, mi mente inquieta y rumiante no me quería dejar en paz.

Tomé una decisión drástica. Vendería todo, sí. Y renunciaría a mi trabajo. Me despediría de los pocos afectos que me quedaban y viajaría en compañía solo de mi misma. Parecía contradictorio; cansada de la soledad, pero aun queriéndome ir sola. Y es que en el estado en el que me encontraba sentí que no había otra opción.

El destino sería India, pues no podía fallar.

Cuando llegó el día, recogí el poco equipaje que tenía (solo una mochila) y partí al aeropuerto. Nos dieron de cenar en el avión por lo que cuando llegue solo debía encontrar un lugar donde pasar la noche. Recién al otro día me ocuparía de los retiros espirituales y toda la cuestión; seguro habría muchas opciones.

Caminando por la ciudad de Rishikesh, busqué un hostel; entré en el primero que se me cruzó; era solo una noche. Deposité mi mochila en el suelo y esperé a ser atendida. Pasaron unos cuantos segundos antes de que alguien se acercara al mostrador.

Una persona, que no supe si era un hombre, una mujer o alguien más, me dio la bienvenida con una sonrisa que cubría su cara de oreja a oreja. Lucía su pelo en una trenza que le llegaba hasta debajo de los hombros. Vestía un atuendo lila.

“Busco una habitación para la noche” le dije en inglés.

Sin emitir palabra, esta persona de extensa sonrisa siguió sonriendo. Mi primer instinto fue sacar la billetera; como no tenía idea cuanto podría valer, esperé a que me indicara. El ser sonriente sacudió la cabeza en negación. Acto seguido, saqué mi pasaporte y se lo mostré. Se negó una vez más. Entonces dio una reverencia poniendo sus manos juntas -recordé haber leído algo sobre ese Namaste– y, por las dudas, yo hice lo mismo. Pareció ser que eso es lo que estaba buscando, pues la persona dejó escapar una pequeña risa. Luego se dio vuelta, tomó una llave y me condujo hasta la habitación.

Luego desapareció.

Descargué el equipaje, y, exhausta, me tiré en una de las camas; en pocos instantes me quedé dormida.

Al otro día me desperté y del susto me reincorporé en un salto; el ser de la sonrisa tatuada me miraba desde la cama, aún sonriente.  Ya me empezaba a dar miedo, ¿acaso nunca estaba triste? 

Luego se retiró sin emitir palabra alguna. ¿Qué? Pensé.

Entonces junté mis cosas rápido y salí de la habitación en su búsqueda, pero ya había desaparecido otra vez.

Sobre el mostrador descansaba una bebida caliente y una galleta. Reconocí las sinfonías voraces provenientes de mi estómago y se me hizo agua la boca. Miré hacia ambos lados para asegurarme que no hubiese moros en la costa, y como no vi a nadie, me tomé el atrevimiento de engullir la galleta que se arrastró por mi garganta con tanto roce que me hizo toser. Rápido le di un sordo al te.   

Había alguien afuera sobre la inexistente vereda. Reconocí esa trenza y me dio escalofríos. Pero debía salir. Rogué que no me hubiese visto usurparle el desayuno y, con la mochila a cuestas, fui para afuera.

“Quisiera pagarle y retirarme.” Le dije haciéndome la tonta cuando estuve a su lado. “Sabrá de alguna agencia de turismo a donde me pueda dirigir?” En vano esperé una respuesta que nunca llegó.

Sin mirarme, pero siempre sonriendo, este alguien se puso de pie como si acaso su cuerpo no pesara y se volvió hacia adentro. Seguí sus pasos avergonzada por aquel accionar cegado por el hambre. La persona vio que la galleta no estaba. Sin embargo, no se inmutó y, al contrario, me ofreció la taza humeante. Le agradecí con mi vergüenza en incremento, busqué mi billetera y saqué la tarjeta para pagarle. Segundo intento. Pero se negó otra vez. ¿Acaso no me iba a cobrar? Insistí, y volvió a negarse. No me quedo otra más que agradecerle.

Me propuso una pequeña reverencia y luego con una mano me hizo un gesto para que partiera.

Me retiré sin saber a dónde iría después; no me importó; estaba feliz. Pero en cuanto hice algunos pasos por la acera sentí que me tiraban de la remera. Me di vuelta. Otra vez esa sonrisa.

 “Qué hace?” le dije, intentando soltarme.

Y entonces volvió a engarzar sus manos en mi ropa y de vuelta tironeó, esta vez empujando hacia adelante.

“Qué le pasa?” le dije con el tarro de la impaciencia a punto de estallar.

Entonces esta persona que ya no me caía nada bien se frenó y, deshaciendo su sonrisa, me miró fijo a los ojos por primera vez.

Swoosh! Había perdido el total control de mi cuerpo; como si no existiese.

El ser de la no-sonrisa, entonces, me soltó la ropa y dejo de mirarme, giró en su propio eje y retomó su andar. Mi cuerpo, embobado, lo siguió.

En un momento, rompiendo con el silencio exterior, el ser dio inicio a un canto esotérico; varias voces se manifestaron desde aquella tan extraña existencia que era.

Finalmente, recobrando yo la autonomía de mi cuerpo y mente, como en un despertar, llegamos a algún sitio. Bueno, llegué yo, pues el ser se había desvanecido.

Frente a mí se extendía un sendero; parecía como si se hubiese materializado en ese mismo momento. Se veía sinuoso, áspero, accidentado.  Rocas puntiagudas a ambos lados; enormes grietas, resecas.

Por unos segundos el miedo me paralizó. Mi mente hacía ruido, me decía que ese no era el camino adecuado. ¿Y si algo me pasaba? Había viajado en busca de un retiro espiritual; de paz, de tranquilidad. Había venido a meditar, a estar en compañía de grandes árboles y jardines amplios y luminosos. No era esto lo que buscaba; ciertamente no necesitaba esto. Debía regresar. ¿O no?  

Mi intelecto sabía que no podía seguir; tenía agua solo para unas horas, nada de comida y poco abrigo. Sin embargo, mi cuerpo tomaba las riendas nuevamente, enmudecía a la mente, y me empujaba hacia adelante.

La batalla campal se había desatado, mente o cuerpo, ¿a cuál hacerle caso?

Tuve que tomar mucho coraje para escuchar solo al cuerpo. Pero así fue; y avancé con cuidado por el sendero.

Los primeros kilómetros requirieron mucho sudor. Tenía ampollas en los pies, rayones en las rodillas y todo el pelo enmarañado. La falta de aire se acometía a encogerme el pecho a cada paso. Pero, para mi tímida tranquilidad, de vez en cuando se me aparecía alguna flor en el camino, que me acompañaba algunos metros y con sus hermosos colores me sacaba la pesadez por un rato. Eso y la descarada voluntad de mi cuerpo fueron lo que me incitaron a seguir.

Pero a medida que me fui adentrando más en este camino, todo se volvió cada vez más punzante. La mente me volvió a gobernar; un torbellino de pensamientos dañinos. La distancia me tomaba de los brazos y piernas, la angustia crepitaba en mi espalda y pecho: despejaba el paso al vacío.

Pero no podía volver, pues cuando miraba hacia atrás, no había sendero posible.  La única vía era hacia adentro.

Al fin, se produjo un cambio en el paisaje. Aparecieron montañas, y en ellas aberturas; casi portales hacia lugares inimaginables. La naturaleza me estaba obsequiando una pausa, un respiro.

Y puse plena atención. Y escuché ese canto que venia de las montañas; la canción que había estado tarareando el ser de la sonrisa esa mañana. 

Emocionada por volver a estar en compañía de alguna otra existencia que no fuese yo, entré. Pero allí no había nadie. No quise jugar con la decepción y me senté en el suelo; cerré los ojos para acompañarme al menos de la música. En ese instante, como si me sumergiera en la profundidad de mi propio ser, me ocupó una sensación de serenidad inconmensurable. Las voces ahora se elevaban desde mi esencia y se fusionaban con mi alrededor; se fueron desvaneciendo; lento, pausado. Y cuando hubo real silencio, sentí como una mano se depositaba sobre mi pecho.

Ya puedes regresar a los tuyos” escuché a una voz pronunciar; era la mía. Noté que mis labios se abrían paso hacia una sonrisa; de oreja a oreja. Y me até el pelo enmarañado en una trenza. Me encontré.

Ma.L.Thomas

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EMILIO

Es sábado por la mañana. Emilio se despierta, pone en funcionamiento la cafetera y se dirige al cuarto de baño. Enciende las canillas, encontrando el punto justo entre el agua fría y el agua caliente, se desentiende del pijama y se mete en la ducha. Disfruta del correr del agua por el cuero cabelludo y la espalda. Piensa en el día que tiene por delante; poner buena cara por seis horas, solo seis horas.

Al salir de la ducha, toma su toalla blanca, se seca y se dirige a su habitación, donde tiene colgado el traje en perfectas condiciones, como si recién hubiese sido confeccionado; pantalón y saco gris claro, camisa blanca y un pañuelo de seda rojo. Los zapatos; en punta, blancos y con tachas redondeadas que bordean la suela.

 Una vez empilchado, se perfuma, toma su billetera y las llaves de su auto lujoso y sale de su departamento. Con la espalda erguida y su pecho en alto, como quien hincha sus pulmones de aire para demostrar valor e importancia, espera a que el conserje del edificio le abra la puerta del auto para ingresar. Saca de su billetera unos cuantos verdes y, sin saludar, cierra la puerta, inicia el motor y parte hacia la exposición. Al llegar a la entrada del lugar, mientras desacelera, lee: “Exposición anual de autos y afines”.

Cada año, su empresa expone algunos de sus productos con el objetivo de hacer presencia de marca en la feria más importante del año en. Según Emilio su marca no necesita de grandes acciones ni presencias para seguir subsistiendo. El cree que ya ha cobrado el renombre suficiente como para sostener el éxito y seguir ganando millones. Pero, el gerente general, Antonio, a cargo de la mayoría de las decisiones que se toman en la empresa cuando Emilio no está, que es muy seguido, cree que lo mejor es nunca perder de vista al cliente y siempre mantener un contacto directo.

Emilio odia los eventos. Odia la gente. Pero confía lo suficiente en Antonio como para aceptar que la presencia del dueño siempre suma.

Parados en el stand de la marca ya se encuentran Antonio y uno de los operarios, cuyo nombre Emilio sabe.

La exposición aún no comienza y por eso el lugar se encuentra prácticamente sin asistentes. Mientras Emilio saca algunos folletos de su maletín para dejar sobre el stand, un conocido de él, dueño de una empresa productora de tapizados se acerca.  

“¡Buenas! ¿Cómo andas Emilio?”  –con un apretón de manos de por medio.

“¿Qué haces tanto tiempo loco? ” –abrazándolo y dándole unas cuantas palmadas en la espalda-. “Ya estoy asqueado de este lugar y no paso ni media hora. Pero bueno, uno tiene que hacer presencia, viste. Le dije a Antonio, mi gerente. Por más que nos pese tenemos que estar acá. Es cuestión de mantenerse en la cabeza del cliente todo el tiempo.”

“Yo no la paso tan mal, la verdad che. Está lindo el solcito. Si no en la empresa te la pasas encerrado.”

“Uh, negro. Pero el calor que hace. Además, viste la comida de mierda que te venden. Un asco.”

“¡Están buenos los choris che! Con una buena criollita. Un buen pan francés. ¡Para chuparse los dedos!”

“¿Me estás jodiendo? Está lleno de grasa, re podrida. Andá a saber hace cuanto están al sol.”

“Meh, tampoco para tanto che. Vamos, habrás comido peores cosas en tu vida.”

“Me traje unas frutas, con eso te digo todo…”

“¡Qué delicado Emilio!”

“Solo falta que llegue la gente y cartón lleno.” -Mientras se acomoda el cuello de la camisa y pone su pecho aún más en alto-.

“Bueno che, me voy a buscar unas aguas ahora que no hay nadie. ¿Te traigo algo?”

“No dejá, me traje la mía. La marca que “sponsorea” es un desastre.”

“Bueno… nos vemos al rato entonces che.” Le da otro apretón de manos y se va.  

Ya en plena exposición, Emilio no puede más del calor. Tiene la camisa transpirada, como si se hubiera caído a una pileta. Los asistentes van de acá para allá, consultando precios y asombrándose por lo nuevos productos que han salido a la venta en el último tiempo. Antonio y el operario no paran de trabajar. Los clientes se acercan para saludarlos y felicitarlos. También saludan a Emilio, con apretones de mano pegajosos, pero el ya no quiere saber nada con estar ahí. Se seca la transpiración de las manos en su pantalón.

En un instante, a lo lejos, ve la silueta de un niño corriendo por entre la muchedumbre, escurridizo. De tanto en tanto, se frena para entablar conversación con algún puestero. Siendo tan pequeño, tira de sus camisas y espera a que miren hacia abajo. Emilio no sabe bien que es lo que sucede, pero le llama la atención. No suele haber niños en estas exposiciones. Es la primera vez que ve a uno. El pequeño se sigue escabullendo por entre los concurrentes y cada vez alejándose un poco más. 

Emilio está confundido; algo en su interior le dice que debe seguirlo y no sabe por qué. Duda unos instantes, pero decide escuchar a su instinto.

“Antonio, estoy que ardo. Voy a dar una vuelta. A buscar sombra.”

“Sí, no hay problema.”

“Controlá bien a este salame, querés?” –haciendo referencia al operario- “Como era su nombre? Va, que importa. Ya vuelvo.”

Emilio se retira apresurado del stand y va en busca del niño. Lo perdió de vista, por lo que acelera el paso. Sigue transpirando como si estuviese atravesando el Sahara, pero continúa caminando hasta que logra divisarlo nuevamente. A unos cuantos metros lo ve tirándole de la camisa a un viejo cliente. Vuelve a acelerar el paso, pero el pequeño vuelve a escabullirse entre el gentío.

“Vicente, quién es ese pibe?”

“Emilio, que hacé´ papá?” –dándole unas palmadas en la espalda- “Estás empapado negro, ¿qué te pasó, loco?”

“No tengo tiempo ahora, ¡decime quién carajo es ese pibe!”

“Bueno negro, pará… ¡Tampoco pa’ tanto, che!  es un pibito que pide comida, nada más.”

Emilio se va sin saludar dejando a Vicente perplejo, totalmente desencajado.

A esta altura, Emilio camina tan deprisa que pareciera haber iniciado una carrera de marcha. El niño está cada vez más cerca y logra verlo mejor. No lleva calzado y su ropa no son más que harapos mugrientos y, posiblemente, malolientes. Esto le genera un fuerte rechazo, y no puede evitar retroceder unos cuantos pasos; pero el niño se aleja y Emilio vuelve a retomar la marcha.

Ve que el niño se tropieza y, con la respiración agitada, hace un esfuerzo por mover sus piernas aún más rápido, casi al trote. En el trajín, le da un hombrazo a una señora que estaba a punto de meterse un sanguche de bondiola recién salido de la parrilla en la boca. El sanguche sale despedido por el aire y cae abierto al suelo, con el interior hacia abajo cual mariposa recién aplastada. Emilio no se da cuenta y sigue testarudo, con su objetivo entre ceja y ceja. El niño sigue en el piso, ahora queriendo levantarse. Le cuesta. Está flaco, parece sin energía. Tarda varios segundos, pero lo logra. Emilio llega a donde se encuentra el pequeño y se para a su lado, mirándolo; lo agarra de un brazo, sin entender porque lo hace. Siente repulsión. Está sucio, huele. El niño, finalmente de pie, se da media vuelta mirando al piso; lleno de vergüenza y temeroso.

“¿Estás bien pibe?”  –el corazón de Emilio late fuertemente.

El niño levanta la cabeza, pero trata de cortar el contacto visual. Asiente con la cabeza. Emilio calla cuando lo ve. Por unos momentos no puede emitir palabra, su respiración cesa y su propia cara, pierde la expresión.

Al recuperar el aliento. Y balbucea:

“Emilio?”

El niño vuelve a asentir con la cabeza y sale disparado. Se pierde entre la muchedumbre y Emilio no vuelve a verlo ni vuelve a salir en su búsqueda.

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El Cementerio Old Calton

La luna llena. El cielo despejado. Ni una briza. La noche helada, sin nieve.

El Cementerio Old Calton de Edimburgo; allí estoy. En ese lugar donde las lápidas son de película, el frio y el miedo te penetran hasta lo más profundo de los huesos y la sensación de vacío hace que se te escape el aliento.

A lo lejos veo un hombre. Camina solo, entre las tumbas. Son altas. Algunas parecen altares, zonas de veneración. Son casas olvidadas, solitarias. Otras cubren algunos metros en el piso. Anchas, gruesas, talladas. Pienso que debe haber varios soldados enterrados, héroes de épocas antiguas y otras figuras emblemáticas. Pienso que la persona que camina sola busca a algún pariente, o quizás es un fanático ferviente de los cementerios. Un coleccionista de huesos o un amigo de la noche. Un sincasa, buscando donde dormir esta noche sin que nadie lo moleste. Sin duda el cementerio es el mejor lugar para escapar de la gente. Al menos de la que aún respira y molesta.

Camino un rato, mirando nombres que no me resuenan tallados en los diferentes tipos de piedras y chapas. Una construcción cilíndrica que parece un hongo con su capuchón me mira imponente. Me acerco a leer lo que dice arriba de la puerta de rejas. David Hume. Su mausoleo.

Parece mentira que pudieran hacer semejante espamento, construir tal monstruo para alguien que no lo notaría. Quizás pensarían que lo miraría desde arriba. ¿Quién sabe? Pero no, no sería el caso de David Hume. Sería ridículo. Justo él… señor empirista.

Me doy vuelta y miro a mi alrededor. Ya no veo al señor que camina solo por las tumbas. Posiblemente ya se haya ido. Es tarde. Solo un loco se quedaría a tan altas horas de la noche dentro de un cementerio. O una loca, claro. ¿Por qué nos gusta visitar cementerios ajenos? ¿Será que los vemos como museos de defunción? ¿Portales hacia otras realidades y dimensiones?

Sigo caminando, ya me está dando frío. Siento la garganta… como mentolada, fresca. Me duele también. No sea cosa que me enferme. Creo que el lugar está teniendo su efecto. El aliento, se me escapa.

Y veo una sombra. No está lejos. ¿Será el señor que camina solo por las tumbas que aún no se fue? Se me vacían los pulmones. Y el pecho. me tomó el pecho. Ya me cuesta respirar. La sombra me sigue. Camino a paso ligero, casi corro. Pero el aire no me da. Tengo que salir. Pero está todo borroso.

Paso frente al Mausoleo de David otra vez, me tambaleo.

Y la sombra, y David Hume, y su pelo blanco a través de las rejas.

Me río. Sola me río. O no.  Ya puedo respirar.

Me río otra vez. Ahora yo, David, te pregunto mirándote a los ojos. ¿Será probable que un hombre ascienda de entre los muertos?