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Un Camino Hacia Adentro

Por alguna extraña razón la vida me había recluido hacia varios años. Pero ya cansada de la soledad, quise entrar en el arduo camino del entendimiento, del porqué. ¿Qué había detrás que no me dejaba disfrutar y compartir como antes?

Me dispuse a leer, entonces, sobre espiritualidad. Sobre el viaje hacia el interior y los despertares. Pero mi mente racional no lo comprendía. Parecía todo demasiado etéreo. Reiteradas veces intenté meditar, pero, devuelta, mi mente inquieta y rumiante no me quería dejar en paz.

Tomé una decisión drástica. Vendería todo, sí. Y renunciaría a mi trabajo. Me despediría de los pocos afectos que me quedaban y viajaría en compañía solo de mi misma. Parecía contradictorio; cansada de la soledad, pero aun queriéndome ir sola. Y es que en el estado en el que me encontraba sentí que no había otra opción.

El destino sería India, pues no podía fallar.

Cuando llegó el día, recogí el poco equipaje que tenía (solo una mochila) y partí al aeropuerto. Nos dieron de cenar en el avión por lo que cuando llegue solo debía encontrar un lugar donde pasar la noche. Recién al otro día me ocuparía de los retiros espirituales y toda la cuestión; seguro habría muchas opciones.

Caminando por la ciudad de Rishikesh, busqué un hostel; entré en el primero que se me cruzó; era solo una noche. Deposité mi mochila en el suelo y esperé a ser atendida. Pasaron unos cuantos segundos antes de que alguien se acercara al mostrador.

Una persona, que no supe si era un hombre, una mujer o alguien más, me dio la bienvenida con una sonrisa que cubría su cara de oreja a oreja. Lucía su pelo en una trenza que le llegaba hasta debajo de los hombros. Vestía un atuendo lila.

“Busco una habitación para la noche” le dije en inglés.

Sin emitir palabra, esta persona de extensa sonrisa siguió sonriendo. Mi primer instinto fue sacar la billetera; como no tenía idea cuanto podría valer, esperé a que me indicara. El ser sonriente sacudió la cabeza en negación. Acto seguido, saqué mi pasaporte y se lo mostré. Se negó una vez más. Entonces dio una reverencia poniendo sus manos juntas -recordé haber leído algo sobre ese Namaste– y, por las dudas, yo hice lo mismo. Pareció ser que eso es lo que estaba buscando, pues la persona dejó escapar una pequeña risa. Luego se dio vuelta, tomó una llave y me condujo hasta la habitación.

Luego desapareció.

Descargué el equipaje, y, exhausta, me tiré en una de las camas; en pocos instantes me quedé dormida.

Al otro día me desperté y del susto me reincorporé en un salto; el ser de la sonrisa tatuada me miraba desde la cama, aún sonriente.  Ya me empezaba a dar miedo, ¿acaso nunca estaba triste? 

Luego se retiró sin emitir palabra alguna. ¿Qué? Pensé.

Entonces junté mis cosas rápido y salí de la habitación en su búsqueda, pero ya había desaparecido otra vez.

Sobre el mostrador descansaba una bebida caliente y una galleta. Reconocí las sinfonías voraces provenientes de mi estómago y se me hizo agua la boca. Miré hacia ambos lados para asegurarme que no hubiese moros en la costa, y como no vi a nadie, me tomé el atrevimiento de engullir la galleta que se arrastró por mi garganta con tanto roce que me hizo toser. Rápido le di un sordo al te.   

Había alguien afuera sobre la inexistente vereda. Reconocí esa trenza y me dio escalofríos. Pero debía salir. Rogué que no me hubiese visto usurparle el desayuno y, con la mochila a cuestas, fui para afuera.

“Quisiera pagarle y retirarme.” Le dije haciéndome la tonta cuando estuve a su lado. “Sabrá de alguna agencia de turismo a donde me pueda dirigir?” En vano esperé una respuesta que nunca llegó.

Sin mirarme, pero siempre sonriendo, este alguien se puso de pie como si acaso su cuerpo no pesara y se volvió hacia adentro. Seguí sus pasos avergonzada por aquel accionar cegado por el hambre. La persona vio que la galleta no estaba. Sin embargo, no se inmutó y, al contrario, me ofreció la taza humeante. Le agradecí con mi vergüenza en incremento, busqué mi billetera y saqué la tarjeta para pagarle. Segundo intento. Pero se negó otra vez. ¿Acaso no me iba a cobrar? Insistí, y volvió a negarse. No me quedo otra más que agradecerle.

Me propuso una pequeña reverencia y luego con una mano me hizo un gesto para que partiera.

Me retiré sin saber a dónde iría después; no me importó; estaba feliz. Pero en cuanto hice algunos pasos por la acera sentí que me tiraban de la remera. Me di vuelta. Otra vez esa sonrisa.

 “Qué hace?” le dije, intentando soltarme.

Y entonces volvió a engarzar sus manos en mi ropa y de vuelta tironeó, esta vez empujando hacia adelante.

“Qué le pasa?” le dije con el tarro de la impaciencia a punto de estallar.

Entonces esta persona que ya no me caía nada bien se frenó y, deshaciendo su sonrisa, me miró fijo a los ojos por primera vez.

Swoosh! Había perdido el total control de mi cuerpo; como si no existiese.

El ser de la no-sonrisa, entonces, me soltó la ropa y dejo de mirarme, giró en su propio eje y retomó su andar. Mi cuerpo, embobado, lo siguió.

En un momento, rompiendo con el silencio exterior, el ser dio inicio a un canto esotérico; varias voces se manifestaron desde aquella tan extraña existencia que era.

Finalmente, recobrando yo la autonomía de mi cuerpo y mente, como en un despertar, llegamos a algún sitio. Bueno, llegué yo, pues el ser se había desvanecido.

Frente a mí se extendía un sendero; parecía como si se hubiese materializado en ese mismo momento. Se veía sinuoso, áspero, accidentado.  Rocas puntiagudas a ambos lados; enormes grietas, resecas.

Por unos segundos el miedo me paralizó. Mi mente hacía ruido, me decía que ese no era el camino adecuado. ¿Y si algo me pasaba? Había viajado en busca de un retiro espiritual; de paz, de tranquilidad. Había venido a meditar, a estar en compañía de grandes árboles y jardines amplios y luminosos. No era esto lo que buscaba; ciertamente no necesitaba esto. Debía regresar. ¿O no?  

Mi intelecto sabía que no podía seguir; tenía agua solo para unas horas, nada de comida y poco abrigo. Sin embargo, mi cuerpo tomaba las riendas nuevamente, enmudecía a la mente, y me empujaba hacia adelante.

La batalla campal se había desatado, mente o cuerpo, ¿a cuál hacerle caso?

Tuve que tomar mucho coraje para escuchar solo al cuerpo. Pero así fue; y avancé con cuidado por el sendero.

Los primeros kilómetros requirieron mucho sudor. Tenía ampollas en los pies, rayones en las rodillas y todo el pelo enmarañado. La falta de aire se acometía a encogerme el pecho a cada paso. Pero, para mi tímida tranquilidad, de vez en cuando se me aparecía alguna flor en el camino, que me acompañaba algunos metros y con sus hermosos colores me sacaba la pesadez por un rato. Eso y la descarada voluntad de mi cuerpo fueron lo que me incitaron a seguir.

Pero a medida que me fui adentrando más en este camino, todo se volvió cada vez más punzante. La mente me volvió a gobernar; un torbellino de pensamientos dañinos. La distancia me tomaba de los brazos y piernas, la angustia crepitaba en mi espalda y pecho: despejaba el paso al vacío.

Pero no podía volver, pues cuando miraba hacia atrás, no había sendero posible.  La única vía era hacia adentro.

Al fin, se produjo un cambio en el paisaje. Aparecieron montañas, y en ellas aberturas; casi portales hacia lugares inimaginables. La naturaleza me estaba obsequiando una pausa, un respiro.

Y puse plena atención. Y escuché ese canto que venia de las montañas; la canción que había estado tarareando el ser de la sonrisa esa mañana. 

Emocionada por volver a estar en compañía de alguna otra existencia que no fuese yo, entré. Pero allí no había nadie. No quise jugar con la decepción y me senté en el suelo; cerré los ojos para acompañarme al menos de la música. En ese instante, como si me sumergiera en la profundidad de mi propio ser, me ocupó una sensación de serenidad inconmensurable. Las voces ahora se elevaban desde mi esencia y se fusionaban con mi alrededor; se fueron desvaneciendo; lento, pausado. Y cuando hubo real silencio, sentí como una mano se depositaba sobre mi pecho.

Ya puedes regresar a los tuyos” escuché a una voz pronunciar; era la mía. Noté que mis labios se abrían paso hacia una sonrisa; de oreja a oreja. Y me até el pelo enmarañado en una trenza. Me encontré.

Ma.L.Thomas

Para más cuentos de mi autoría visiten la página http://www.latidosmagazine.com/category/ocio/arte/relatos/

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EMILIO

Es sábado por la mañana. Emilio se despierta, pone en funcionamiento la cafetera y se dirige al cuarto de baño. Enciende las canillas, encontrando el punto justo entre el agua fría y el agua caliente, se desentiende del pijama y se mete en la ducha. Disfruta del correr del agua por el cuero cabelludo y la espalda. Piensa en el día que tiene por delante; poner buena cara por seis horas, solo seis horas.

Al salir de la ducha, toma su toalla blanca, se seca y se dirige a su habitación, donde tiene colgado el traje en perfectas condiciones, como si recién hubiese sido confeccionado; pantalón y saco gris claro, camisa blanca y un pañuelo de seda rojo. Los zapatos; en punta, blancos y con tachas redondeadas que bordean la suela.

 Una vez empilchado, se perfuma, toma su billetera y las llaves de su auto lujoso y sale de su departamento. Con la espalda erguida y su pecho en alto, como quien hincha sus pulmones de aire para demostrar valor e importancia, espera a que el conserje del edificio le abra la puerta del auto para ingresar. Saca de su billetera unos cuantos verdes y, sin saludar, cierra la puerta, inicia el motor y parte hacia la exposición. Al llegar a la entrada del lugar, mientras desacelera, lee: “Exposición anual de autos y afines”.

Cada año, su empresa expone algunos de sus productos con el objetivo de hacer presencia de marca en la feria más importante del año en. Según Emilio su marca no necesita de grandes acciones ni presencias para seguir subsistiendo. El cree que ya ha cobrado el renombre suficiente como para sostener el éxito y seguir ganando millones. Pero, el gerente general, Antonio, a cargo de la mayoría de las decisiones que se toman en la empresa cuando Emilio no está, que es muy seguido, cree que lo mejor es nunca perder de vista al cliente y siempre mantener un contacto directo.

Emilio odia los eventos. Odia la gente. Pero confía lo suficiente en Antonio como para aceptar que la presencia del dueño siempre suma.

Parados en el stand de la marca ya se encuentran Antonio y uno de los operarios, cuyo nombre Emilio sabe.

La exposición aún no comienza y por eso el lugar se encuentra prácticamente sin asistentes. Mientras Emilio saca algunos folletos de su maletín para dejar sobre el stand, un conocido de él, dueño de una empresa productora de tapizados se acerca.  

“¡Buenas! ¿Cómo andas Emilio?”  –con un apretón de manos de por medio.

“¿Qué haces tanto tiempo loco? ” –abrazándolo y dándole unas cuantas palmadas en la espalda-. “Ya estoy asqueado de este lugar y no paso ni media hora. Pero bueno, uno tiene que hacer presencia, viste. Le dije a Antonio, mi gerente. Por más que nos pese tenemos que estar acá. Es cuestión de mantenerse en la cabeza del cliente todo el tiempo.”

“Yo no la paso tan mal, la verdad che. Está lindo el solcito. Si no en la empresa te la pasas encerrado.”

“Uh, negro. Pero el calor que hace. Además, viste la comida de mierda que te venden. Un asco.”

“¡Están buenos los choris che! Con una buena criollita. Un buen pan francés. ¡Para chuparse los dedos!”

“¿Me estás jodiendo? Está lleno de grasa, re podrida. Andá a saber hace cuanto están al sol.”

“Meh, tampoco para tanto che. Vamos, habrás comido peores cosas en tu vida.”

“Me traje unas frutas, con eso te digo todo…”

“¡Qué delicado Emilio!”

“Solo falta que llegue la gente y cartón lleno.” -Mientras se acomoda el cuello de la camisa y pone su pecho aún más en alto-.

“Bueno che, me voy a buscar unas aguas ahora que no hay nadie. ¿Te traigo algo?”

“No dejá, me traje la mía. La marca que “sponsorea” es un desastre.”

“Bueno… nos vemos al rato entonces che.” Le da otro apretón de manos y se va.  

Ya en plena exposición, Emilio no puede más del calor. Tiene la camisa transpirada, como si se hubiera caído a una pileta. Los asistentes van de acá para allá, consultando precios y asombrándose por lo nuevos productos que han salido a la venta en el último tiempo. Antonio y el operario no paran de trabajar. Los clientes se acercan para saludarlos y felicitarlos. También saludan a Emilio, con apretones de mano pegajosos, pero el ya no quiere saber nada con estar ahí. Se seca la transpiración de las manos en su pantalón.

En un instante, a lo lejos, ve la silueta de un niño corriendo por entre la muchedumbre, escurridizo. De tanto en tanto, se frena para entablar conversación con algún puestero. Siendo tan pequeño, tira de sus camisas y espera a que miren hacia abajo. Emilio no sabe bien que es lo que sucede, pero le llama la atención. No suele haber niños en estas exposiciones. Es la primera vez que ve a uno. El pequeño se sigue escabullendo por entre los concurrentes y cada vez alejándose un poco más. 

Emilio está confundido; algo en su interior le dice que debe seguirlo y no sabe por qué. Duda unos instantes, pero decide escuchar a su instinto.

“Antonio, estoy que ardo. Voy a dar una vuelta. A buscar sombra.”

“Sí, no hay problema.”

“Controlá bien a este salame, querés?” –haciendo referencia al operario- “Como era su nombre? Va, que importa. Ya vuelvo.”

Emilio se retira apresurado del stand y va en busca del niño. Lo perdió de vista, por lo que acelera el paso. Sigue transpirando como si estuviese atravesando el Sahara, pero continúa caminando hasta que logra divisarlo nuevamente. A unos cuantos metros lo ve tirándole de la camisa a un viejo cliente. Vuelve a acelerar el paso, pero el pequeño vuelve a escabullirse entre el gentío.

“Vicente, quién es ese pibe?”

“Emilio, que hacé´ papá?” –dándole unas palmadas en la espalda- “Estás empapado negro, ¿qué te pasó, loco?”

“No tengo tiempo ahora, ¡decime quién carajo es ese pibe!”

“Bueno negro, pará… ¡Tampoco pa’ tanto, che!  es un pibito que pide comida, nada más.”

Emilio se va sin saludar dejando a Vicente perplejo, totalmente desencajado.

A esta altura, Emilio camina tan deprisa que pareciera haber iniciado una carrera de marcha. El niño está cada vez más cerca y logra verlo mejor. No lleva calzado y su ropa no son más que harapos mugrientos y, posiblemente, malolientes. Esto le genera un fuerte rechazo, y no puede evitar retroceder unos cuantos pasos; pero el niño se aleja y Emilio vuelve a retomar la marcha.

Ve que el niño se tropieza y, con la respiración agitada, hace un esfuerzo por mover sus piernas aún más rápido, casi al trote. En el trajín, le da un hombrazo a una señora que estaba a punto de meterse un sanguche de bondiola recién salido de la parrilla en la boca. El sanguche sale despedido por el aire y cae abierto al suelo, con el interior hacia abajo cual mariposa recién aplastada. Emilio no se da cuenta y sigue testarudo, con su objetivo entre ceja y ceja. El niño sigue en el piso, ahora queriendo levantarse. Le cuesta. Está flaco, parece sin energía. Tarda varios segundos, pero lo logra. Emilio llega a donde se encuentra el pequeño y se para a su lado, mirándolo; lo agarra de un brazo, sin entender porque lo hace. Siente repulsión. Está sucio, huele. El niño, finalmente de pie, se da media vuelta mirando al piso; lleno de vergüenza y temeroso.

“¿Estás bien pibe?”  –el corazón de Emilio late fuertemente.

El niño levanta la cabeza, pero trata de cortar el contacto visual. Asiente con la cabeza. Emilio calla cuando lo ve. Por unos momentos no puede emitir palabra, su respiración cesa y su propia cara, pierde la expresión.

Al recuperar el aliento. Y balbucea:

“Emilio?”

El niño vuelve a asentir con la cabeza y sale disparado. Se pierde entre la muchedumbre y Emilio no vuelve a verlo ni vuelve a salir en su búsqueda.

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El Cementerio Old Calton

La luna llena. El cielo despejado. Ni una briza. La noche helada, sin nieve.

El Cementerio Old Calton de Edimburgo; allí estoy. En ese lugar donde las lápidas son de película, el frio y el miedo te penetran hasta lo más profundo de los huesos y la sensación de vacío hace que se te escape el aliento.

A lo lejos veo un hombre. Camina solo, entre las tumbas. Son altas. Algunas parecen altares, zonas de veneración. Son casas olvidadas, solitarias. Otras cubren algunos metros en el piso. Anchas, gruesas, talladas. Pienso que debe haber varios soldados enterrados, héroes de épocas antiguas y otras figuras emblemáticas. Pienso que la persona que camina sola busca a algún pariente, o quizás es un fanático ferviente de los cementerios. Un coleccionista de huesos o un amigo de la noche. Un sincasa, buscando donde dormir esta noche sin que nadie lo moleste. Sin duda el cementerio es el mejor lugar para escapar de la gente. Al menos de la que aún respira y molesta.

Camino un rato, mirando nombres que no me resuenan tallados en los diferentes tipos de piedras y chapas. Una construcción cilíndrica que parece un hongo con su capuchón me mira imponente. Me acerco a leer lo que dice arriba de la puerta de rejas. David Hume. Su mausoleo.

Parece mentira que pudieran hacer semejante espamento, construir tal monstruo para alguien que no lo notaría. Quizás pensarían que lo miraría desde arriba. ¿Quién sabe? Pero no, no sería el caso de David Hume. Sería ridículo. Justo él… señor empirista.

Me doy vuelta y miro a mi alrededor. Ya no veo al señor que camina solo por las tumbas. Posiblemente ya se haya ido. Es tarde. Solo un loco se quedaría a tan altas horas de la noche dentro de un cementerio. O una loca, claro. ¿Por qué nos gusta visitar cementerios ajenos? ¿Será que los vemos como museos de defunción? ¿Portales hacia otras realidades y dimensiones?

Sigo caminando, ya me está dando frío. Siento la garganta… como mentolada, fresca. Me duele también. No sea cosa que me enferme. Creo que el lugar está teniendo su efecto. El aliento, se me escapa.

Y veo una sombra. No está lejos. ¿Será el señor que camina solo por las tumbas que aún no se fue? Se me vacían los pulmones. Y el pecho. me tomó el pecho. Ya me cuesta respirar. La sombra me sigue. Camino a paso ligero, casi corro. Pero el aire no me da. Tengo que salir. Pero está todo borroso.

Paso frente al Mausoleo de David otra vez, me tambaleo.

Y la sombra, y David Hume, y su pelo blanco a través de las rejas.

Me río. Sola me río. O no.  Ya puedo respirar.

Me río otra vez. Ahora yo, David, te pregunto mirándote a los ojos. ¿Será probable que un hombre ascienda de entre los muertos?

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ANCHOAS EN EL MAR

A los cinco o seis me subí a un avión por primera vez.  Mis abuelos, todos los años, planeaban algún viaje distinto por la Argentina y siempre llevaban a uno de sus nietos. Esta vez me tocó a mí. Puerto Madryn era el destino; una ciudad costera del sur del país reconocida por sus avistajes de ballenas y otras criaturas marinas.

El trayecto en avión fue muy tranquilo. No tuve nervios, ni ganas de vomitar. Solo un poco de presión en los oídos, nada que comiendo chicle no se pudiera solucionar, y algo de “extrañitis” aguda, que se me pasó a penas me dieron unos lápices y un cuaderno para colorear.

Cuanto llegamos a la hostería, de nombre, Caracoles en el Mar (aún no dejo de asombrarme con la originalidad de los nombres de ciertos lugares), lo primero que hicimos fue dejar todos nuestros petates y cosas en la habitación. Recuerdo que las toallas sobre la cama olían a jabón viejo. O quizás a jabón nuevo puesto en el cuerpo de una vieja. No lo sé.

En cuanto nos abrigamos bien y nos pusimos un calzado más apropiado para caminar, nos fuimos para una reserva de pingüinos en un auto alquilado, al que parecía que le había agarrado neumonía.

Lo primero que pensé, al ver a esos gnomitos de color negro y blanco y pico, fue que se veían muy simpáticos y graciosos. Caminaban raro, y parecía que en cualquier momento se tropezarían. Les dimos de comer su comidita, mi abuelo les sacó unas cuantas fotos, que después imprimió y las puso de adorno es el living de su casa, y nos fuimos a almorzar.

Comeríamos pizza de anchoas, porque mi abuelo lo había decidido así, y claro, siempre se hacía lo que él quería. A mí, con cinco o seis años, las anchoas no me gustaban. Así que, sin quejarme, tragué sin respirar una porción con pececitos encima, la bajé con un par de sorbos de soda y partimos hacia una nueva excursión. Como no estaba acostumbrada a tomar soda con las comidas, en casa tomábamos solo jugo o agua, cuando volvimos a andar en el auto con neumonía, empecé a sentir como si las burbujas estuvieran explotando y subiendo por mi garganta.  Traté de retener los gases adentro, y por un rato no me molestaron más.

El plan de la tarde era ir a conocer a las ballenas. Finalmente. Las tan aclamadas ballenas. Y a eso fuimos. Pero, los problemas aparecieron desde un principio. Cómo el bote que habíamos reservado estaba averiado, cuando llegamos nos tuvimos que montar en uno más chico. Tan chico era que, en lugar de ser una excursión de más de diez personas como se suponía debía ser, terminó siendo una de cuatro; mis abuelos, el guía y yo. Mi abuelo estaba contento, veríamos a las ballenas de más cerca.  Pero mi abuela no estaba tan conforme con la resolución.

Yo, ingenua, subí confiada. No podía ser muy distinto a viajar en avión, pensé. Y pensé mal.

Nos acomodamos en los asientos que daban la espalda contra el mar, yo al lado de mi abuelo, que aún olía a anchoas, y frente a mi abuela, que ya estaba dando señales de intranquilidad con su pie inquieto.

El agua estaba picada, por lo que el bote se bamboleó desde el momento en que se puso en marcha. El guía hablaba del lugar, de las ballenas, del mar, pero yo solo podía pensar en las anchoas que nadaban en mi panza, y las burbujas que ahora salían con el mismo olor que emanaba mi abuelo.  Tragué varias veces para mantener los pececitos muertos adentro mío, pero era tanto el ajetreo que llegué a pensar que habían recobrado vida. Que estaban coleteando en mis jugos gástricos buscando una salida para volver al mar.

Cuando ya estábamos bien entrados en aguas oscuras, me pareció escuchar un sonido que no había escuchado nunca antes en mi corta vida. Era como una queja, aguda, pero grave a la vez. Parecía tener eco, y venía del agua.

Quise asomarme, pero me dio miedo. Y no solo por lo que pudiera haber debajo, sino porque las anchoas cada vez hacían más presión y no sabía si sería capaz de retenerlas. Entonces, sentada derecha, miré hacia el mar, del lado de mi abuela, y traté de tranquilizarme. Pero su cara no ayudó.

Luego, el sonido otra vez. Pero ahora más cerca. Lo sentía retumbar en mi cabeza.

Y, en ese instante, el agua a mis ojos estalló. Y de ella emergió la criatura más gigante y horrorosa que pudiera existir. Una masa azul y gris con un puerco spin de cerdas blancas, que me apuntaban, atorado en la boca. Con esos granos de pus, que la recubrían casi entera, y amenazaban con entrar en erupción.

Me paré, queriendo gritar. Pero cuando abrí la boca para hacerlo, en lugar de sonido, expulsé todo el contenido de mis tripas; la mitad sobre mi abuela, la otra mitad en el mar. El pan, la mozzarella, todo estaba hecho un engrudo. Las burbujas de la soda, aún explotaban. Y al final, las amigas de mi abuelo, las anchoas.  Mi abuela, por acto reflejo, vomitó después de mí. Y mi abuelo, desde el otro lado, extasiado con la aparición de la ballena, sacó foto tras foto. De las ballenas, de mi vómito, del vomito de mi abuela y también de las anchoas nadando en el mar.

Hay una cosa positiva de todo esto. Y es que las anchoas volvieron a su hábitat natural. Ahí, a donde siempre debieron permanecer.  

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LA ENFERMERA

LA ENFERMERA

Venía cabalgando como si el mundo se fuera a acabar. Había dejado a mi hermano tirado en el suelo, con una herida de bala en el pecho. En el pueblo que acababa de dejar atrás no lo habían podido ayudar asique decidí buscar en otro lado. Hundida por el miedo de perderlo, de no verlo otra vez, me fui sola, algo que nunca antes había hecho.

No sabía hacia donde iba, solo sabía que debía encontrar a alguien lo más pronto posible, si no, él se desangraría y, encima, viviría sus últimos momentos sin una cara familiar a quien mirar. Sin quien lo contenga entre sus brazos.

Con las lágrimas volándose de mis ojos, nublándome la vista, seguí cabalgando. Pasé por pueblo abandonados, áridos. Por llanuras desoladas, sin un árbol, sin una fuente de agua. Y en un momento, a lo lejos, ya con la boca y la nariz negras de tierra, me pareció ver la figura de una mujer también montada, pero al trote. Mi corazón comenzó a palpitar, como si fuera a salírseme del pecho. Con el pensamiento de que quizás ella podría ser de ayuda y que mi hermano, mi compañero de vida, sí podría salvarse.

Me arrimé algunos metros e intenté bajar el ritmo tirando de las riendas. Sauco estaba cansada, así que rechazó la indicación como solía hacerlo.  

Ya al paso grité:

  • Por favor, ¡ayuda!

Entonces vi como la silueta de aquella mujer tiraba de las riendas de su propia yegua. Al frenar, giro su cabeza hacia donde estaba y su mirada encontró la mía. Recibí mi corazón entre las manos. Esa cara, yo la conocía. La cofia blanca y el uniforme del mismo color. ¿De dónde? La enfermera, como si me estuviese estado esperando, me sonrió. Y no hubo más que hacer. Sin gestos ni sonidos, dimos media vuelta, Sauco y yo, y, comencé a cabalgar de regreso por el mismo camino del que había venido.

Escuche los pasos de su yegua siguiéndome por detrás. Mi hermano se salvaría.

Aligeré el pasó y ella hizo lo mismo hasta que se puso a mi lado, y sentí que me miraba. Pensé en decirle que ya nos habíamos visto alguna vez. No sabía de dónde. Pero estaba segura.

Me contuve. Sentí que, si pronunciaba alguna palabra, ella desaparecería. Se desvanecería como si su existencia pendiera de un hilo.

Viajamos en silencio, entonces. Por varias horas. Y, cuando estábamos a la mitad del trayecto, ella menguó el paso y condujo a su yegua a la sombra de los únicos dos árboles a la vista. La seguí. Dejamos descansar a las yeguas, les dimos algo de agua, nos refrescamos nosotras y retomamos el andar.

Faltaban pasar solo dos pueblos más. En el tercer pueblo, con la mejor de las suertes, mi hermano aún estaría esperándonos con vida.

Al llegar, nos conduje hasta la roca donde lo había depositado ya hacía algunas horas. Solo vimos un charco de sangre y su camisa, que se la había sacado para poder inspeccionar mejor su herida. La enfermera me miró confundida.

  • Acá es dónde le dispararon. ¡No se podía mover! No entiendo.

Era imposible. ¿A dónde se lo habrían llevado?

  • Espera acá por favor. Por si regresa. Voy a ir a preguntar a la gente del pueblo.   

El aire estaba seco. El calor seguía en aumento y las casas de los pueblerinos estaban cerradas por completo. Puertas, persianas, cortinas. No volaba ni una mosca. Yo golpeaba mis manos desesperada. Di vueltas, volví a tocar. Pero nadie salía.  Así pasaron minutos.

Entonces, decidí volver al punto de encuentro, a ver si la enfermera tenía noticias.  

Ella también había desaparecido.

Ahora espero sentada sobre la tierra. Con la cabeza apoyada sobre aquella roca donde mi hermano se desangró. De donde luego fue recogido y llevado hacia algún otro sitio. Quién sabe a dónde. Quizás lo quemaron, o lo enterraron. O se lo comieron. Pues los cuerpos no sirven de nada muertos y, este pueblo… Bueno, este pueblo, podría tranquilamente ser uno de esos en donde la gente se come, no se desecha.     

Y a mí me duele el cuerpo. Me cuesta respirar. Me corre algo frio por la mano y también por el pecho. Y veo un hilo de sangre que se une con el charco que está debajo de mí, y que aún está fresco.

Mi hermano y la enfermera me miran. Me miran desde arriba. Y no entiendo que es lo que pasó. Él llora. Y ahora yo recuerdo cuándo y dónde la vi a ella por última vez. Fue en el lecho de mi madre, tomando del hombro a mi padre, agarrando de la mano a mi hermano que lloraba en su cuna. 

La enfermera, que pendía de un hilo, se desvanece. Y con ella me desvanezco yo. Con una herida de bala en el pecho.   

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Ese Día

Hacía años que el timbre no sonaba.  Y no solo el timbre, el teléfono tampoco. Ya nadie visitaba, nadie llamaba para saludar. Nadie mandaba correspondencia. Bueno, era eso, o ya ni el cartero quería pasar. Las viejas, que antes solían asomarse sigilosas a robarme las azaleas y jazmines de la puerta de entrada, ahora pasaban con sus pechos en alto, cuello estirado, murmurando por lo bajo.

Era como si alguien nos hubiera encantado; a la casa, y a mí. Como si… como si hubieran puesto uno de esos conjuros que duran toda la vida. De esos que solo pueden ser deshechos con grandes actos heroicos y que solo suceden en los cuentos fantásticos.

¡Pero hubo un día… Ah!  hubo un día…

Recuerdo. El timbre sonó una primera vez. Yo estaba muy dormida para entender algo de lo que estaba pasando, así que seguí durmiendo. Después, sonó una segunda vez. A la tercera vez, ya con la mente más activa, finalmente reaccioné. Salté de la cama, me puse la bata y, así como estaba, en pijama, descalza y toda despeinada, bajé corriendo por las escaleras. Casi pierdo un par de dientes al tropezarme con la punta de la alfombra que estaba justo a sus pies.

Pero recuperé el equilibrio. Crucé el comedor y seguí hacia el pasillo que daba a la entrada de casa. Uno metros antes de la puerta, me frené. Ahí donde, me acuerdo, había colgado un espejo cuadrado con bordes de mosaicos de colores. Me miré en él, solo unos segundos. Venía muy desalineada. Me acomodé el pelo detrás de las orejas como pude, me lo había cortado cortito hacía no mucho, y sin poder hacer más que eso, sosteniendo la respiración para no gritar de antemano, abrí la puerta.

Del otro lado, nadie. “Que extraño,” pensé. Y qué decepción, por dios. ¡Me había armado tan hermosa historia en la cabeza ya!

Mis amigos con bandejas repletas de comida casera y bonitos vinos.  Sutiles, de la costa argentina. También llegaban mamá y papá. Ellos traían el postre. Un Apple Crumble hecho con harina de almendras y coco, tal como a mí me gusta, y un helado de chocolate ochenta por ciento cacao como acompañamiento.

Mis hermanas venían detrás con un par de cervezas bien frías bajo el brazo; una doble IPA, amarga y aromática, y una Scottish, bien maltosa y unos snacks para más tarde. Y mi abuela, sí. Sentada en el asiento trasero del auto con su tejido en la falda. ¡Ah! Qué felicidad cuando la vi aparecer. Era lo único que me faltaba.

Pero, en fin, no. Del otro lado, no había nada de eso. En el piso, sin embargo, un sobre color hueso apoyado sobre la alfombrita de entrada.

Me agaché a tomarlo. Me temblaban las manos. Agarré el sobre y, manteniéndome en cuclillas, lo inspeccioné, del derecho y del revés. Estaba escrito mi nombre en tinta negra, sobre la cara lisa. Y solo eso. Ni remitente ni lugar de origen. Una carta para mí… de nadie.

Me levanté, aún con la respiración agitada y, con las piernas entumecidas, caminé hacia adentro de la casa. Le di un empujón a la puerta con la cola y fui hasta la cocina. Ahí me esperaba el café de todas las mañanas, recién hecho, humeante. Me confortó su compañía.

Con el sobre en la mano y la vista fija en él, fui hasta la mesada. Lo apoyé y tomé una taza del armario. Me serví a ciegas. La taza rebalsó. Me quemé la mano. Del dolor, le di un manotazo y cayó sobre el sobre, vaciando todo el contenido encima. Empapado, trate de salvarlo. Lo sacudí en la bacha para sacarle lo grueso y luego lo dejé colgando del escurridor, para que siguiera chorreando mientras iba a buscar el secador de pelo, que estaba en el baño de la planta baja. Con el secador en mano y encendido apunté al sobre para que el viento caliente le diera de lleno y lo agité por un rato. Ya seco, me senté a la mesa con el sobre entre las manos y crucé los dedos, esperando que la carta siguiera intacta. Respiré profundo. Despegué el cierre con cuidado y miré.

Adentro: nada.

Esto ya no me estaba gustando. “A alguien se le ha dado por las bromas de mal gusto, pensé”

Dejé todo sobre la mesa, compungida, y me fui a servir otra taza.

En cuanto me estuve por volver a sentar a la mesa, para descifrar con tranquilidad que significaba todo esto, el teléfono sonó. Me quedé helada. Luego de unos segundos, dejé la taza en la mesa y salí corriendo a atender.

El teléfono estaba debajo del espejo de mosaicos. Era uno de esos teléfonos viejos, color verde musgo. De los que vas poniendo el dedo en los agujeritos y girando hacia la derecha hasta que hace tope.

Bueno, la cosa es que atendí. Pero el teléfono seguía sonando, y del otro lado… nadie. Me asusté. Las manos me transpiraban. Me miré al espejo, con el teléfono todavía en la oreja. Vi cómo me caían las gotas gordas por la frente y el cuello. Quise cortar, para que dejara de sonar de una vez por todas. Pero cuando estaba a punto de apoyar el tubo contra el teléfono, escuché una voz, lejos. Esa voz… La reconocí enseguida. Era Mamá.

Y ahí me desperté. Esta vez de verdad. Me desperté en casa. La de mamá y papá. Estaba ruidosa, como siempre. Pero estaba completa. No faltaba nadie. Y lo mejor de todo… yo también estaba ahí.

Me volví a dormir. Tranquila.

Ma. L Thomas