cuento, Escritos, FICCION, Sociedad

EMILIO

Es sábado por la mañana. Emilio se despierta, pone en funcionamiento la cafetera y se dirige al cuarto de baño. Enciende las canillas, encontrando el punto justo entre el agua fría y el agua caliente, se desentiende del pijama y se mete en la ducha. Disfruta del correr del agua por el cuero cabelludo y la espalda. Piensa en el día que tiene por delante; poner buena cara por seis horas, solo seis horas.

Al salir de la ducha, toma su toalla blanca, se seca y se dirige a su habitación, donde tiene colgado el traje en perfectas condiciones, como si recién hubiese sido confeccionado; pantalón y saco gris claro, camisa blanca y un pañuelo de seda rojo. Los zapatos; en punta, blancos y con tachas redondeadas que bordean la suela.

 Una vez empilchado, se perfuma, toma su billetera y las llaves de su auto lujoso y sale de su departamento. Con la espalda erguida y su pecho en alto, como quien hincha sus pulmones de aire para demostrar valor e importancia, espera a que el conserje del edificio le abra la puerta del auto para ingresar. Saca de su billetera unos cuantos verdes y, sin saludar, cierra la puerta, inicia el motor y parte hacia la exposición. Al llegar a la entrada del lugar, mientras desacelera, lee: “Exposición anual de autos y afines”.

Cada año, su empresa expone algunos de sus productos con el objetivo de hacer presencia de marca en la feria más importante del año en. Según Emilio su marca no necesita de grandes acciones ni presencias para seguir subsistiendo. El cree que ya ha cobrado el renombre suficiente como para sostener el éxito y seguir ganando millones. Pero, el gerente general, Antonio, a cargo de la mayoría de las decisiones que se toman en la empresa cuando Emilio no está, que es muy seguido, cree que lo mejor es nunca perder de vista al cliente y siempre mantener un contacto directo.

Emilio odia los eventos. Odia la gente. Pero confía lo suficiente en Antonio como para aceptar que la presencia del dueño siempre suma.

Parados en el stand de la marca ya se encuentran Antonio y uno de los operarios, cuyo nombre Emilio sabe.

La exposición aún no comienza y por eso el lugar se encuentra prácticamente sin asistentes. Mientras Emilio saca algunos folletos de su maletín para dejar sobre el stand, un conocido de él, dueño de una empresa productora de tapizados se acerca.  

“¡Buenas! ¿Cómo andas Emilio?”  –con un apretón de manos de por medio.

“¿Qué haces tanto tiempo loco? ” –abrazándolo y dándole unas cuantas palmadas en la espalda-. “Ya estoy asqueado de este lugar y no paso ni media hora. Pero bueno, uno tiene que hacer presencia, viste. Le dije a Antonio, mi gerente. Por más que nos pese tenemos que estar acá. Es cuestión de mantenerse en la cabeza del cliente todo el tiempo.”

“Yo no la paso tan mal, la verdad che. Está lindo el solcito. Si no en la empresa te la pasas encerrado.”

“Uh, negro. Pero el calor que hace. Además, viste la comida de mierda que te venden. Un asco.”

“¡Están buenos los choris che! Con una buena criollita. Un buen pan francés. ¡Para chuparse los dedos!”

“¿Me estás jodiendo? Está lleno de grasa, re podrida. Andá a saber hace cuanto están al sol.”

“Meh, tampoco para tanto che. Vamos, habrás comido peores cosas en tu vida.”

“Me traje unas frutas, con eso te digo todo…”

“¡Qué delicado Emilio!”

“Solo falta que llegue la gente y cartón lleno.” -Mientras se acomoda el cuello de la camisa y pone su pecho aún más en alto-.

“Bueno che, me voy a buscar unas aguas ahora que no hay nadie. ¿Te traigo algo?”

“No dejá, me traje la mía. La marca que “sponsorea” es un desastre.”

“Bueno… nos vemos al rato entonces che.” Le da otro apretón de manos y se va.  

Ya en plena exposición, Emilio no puede más del calor. Tiene la camisa transpirada, como si se hubiera caído a una pileta. Los asistentes van de acá para allá, consultando precios y asombrándose por lo nuevos productos que han salido a la venta en el último tiempo. Antonio y el operario no paran de trabajar. Los clientes se acercan para saludarlos y felicitarlos. También saludan a Emilio, con apretones de mano pegajosos, pero el ya no quiere saber nada con estar ahí. Se seca la transpiración de las manos en su pantalón.

En un instante, a lo lejos, ve la silueta de un niño corriendo por entre la muchedumbre, escurridizo. De tanto en tanto, se frena para entablar conversación con algún puestero. Siendo tan pequeño, tira de sus camisas y espera a que miren hacia abajo. Emilio no sabe bien que es lo que sucede, pero le llama la atención. No suele haber niños en estas exposiciones. Es la primera vez que ve a uno. El pequeño se sigue escabullendo por entre los concurrentes y cada vez alejándose un poco más. 

Emilio está confundido; algo en su interior le dice que debe seguirlo y no sabe por qué. Duda unos instantes, pero decide escuchar a su instinto.

“Antonio, estoy que ardo. Voy a dar una vuelta. A buscar sombra.”

“Sí, no hay problema.”

“Controlá bien a este salame, querés?” –haciendo referencia al operario- “Como era su nombre? Va, que importa. Ya vuelvo.”

Emilio se retira apresurado del stand y va en busca del niño. Lo perdió de vista, por lo que acelera el paso. Sigue transpirando como si estuviese atravesando el Sahara, pero continúa caminando hasta que logra divisarlo nuevamente. A unos cuantos metros lo ve tirándole de la camisa a un viejo cliente. Vuelve a acelerar el paso, pero el pequeño vuelve a escabullirse entre el gentío.

“Vicente, quién es ese pibe?”

“Emilio, que hacé´ papá?” –dándole unas palmadas en la espalda- “Estás empapado negro, ¿qué te pasó, loco?”

“No tengo tiempo ahora, ¡decime quién carajo es ese pibe!”

“Bueno negro, pará… ¡Tampoco pa’ tanto, che!  es un pibito que pide comida, nada más.”

Emilio se va sin saludar dejando a Vicente perplejo, totalmente desencajado.

A esta altura, Emilio camina tan deprisa que pareciera haber iniciado una carrera de marcha. El niño está cada vez más cerca y logra verlo mejor. No lleva calzado y su ropa no son más que harapos mugrientos y, posiblemente, malolientes. Esto le genera un fuerte rechazo, y no puede evitar retroceder unos cuantos pasos; pero el niño se aleja y Emilio vuelve a retomar la marcha.

Ve que el niño se tropieza y, con la respiración agitada, hace un esfuerzo por mover sus piernas aún más rápido, casi al trote. En el trajín, le da un hombrazo a una señora que estaba a punto de meterse un sanguche de bondiola recién salido de la parrilla en la boca. El sanguche sale despedido por el aire y cae abierto al suelo, con el interior hacia abajo cual mariposa recién aplastada. Emilio no se da cuenta y sigue testarudo, con su objetivo entre ceja y ceja. El niño sigue en el piso, ahora queriendo levantarse. Le cuesta. Está flaco, parece sin energía. Tarda varios segundos, pero lo logra. Emilio llega a donde se encuentra el pequeño y se para a su lado, mirándolo; lo agarra de un brazo, sin entender porque lo hace. Siente repulsión. Está sucio, huele. El niño, finalmente de pie, se da media vuelta mirando al piso; lleno de vergüenza y temeroso.

“¿Estás bien pibe?”  –el corazón de Emilio late fuertemente.

El niño levanta la cabeza, pero trata de cortar el contacto visual. Asiente con la cabeza. Emilio calla cuando lo ve. Por unos momentos no puede emitir palabra, su respiración cesa y su propia cara, pierde la expresión.

Al recuperar el aliento. Y balbucea:

“Emilio?”

El niño vuelve a asentir con la cabeza y sale disparado. Se pierde entre la muchedumbre y Emilio no vuelve a verlo ni vuelve a salir en su búsqueda.

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